Afilado y mordaz

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Afortunadamente en nuestros días cada vez hay más gente que puede vivir su vida como quiera. Es algo que lamentablemente no sucede en todos los países del mundo pero que creo que poco a poco se irá logrando. En Madrid, como todos sabéis, se celebra la Marcha del Orgullo Gay más importante del mundo. Ya era hora de que Madrid fuese puntera en algo ¿no?

Es una auténtica fiesta en la calle con cientos de miles de personas bebiendo, bailando y jugando a transgredir. Por desgracia yo solo pude estar un par de horas, insuficiente a todas luces para lograr un buen reportaje fotográfico pero, aún así, logré rescatar algunas imágenes interesantes que dan una leve idea de cómo es la cosa.

Ahora bien, lo importante, para mí, es que una multitud es capaz de salir a divertirse durante horas, a fumar marihuana y hachís, a beber cerveza, cubatas o tinto de verano, vistiendo de la forma más provocadora que se te pueda ocurrir sin que suceda absolutamente nada, ni peleas, ni rotura de mobiliario urbano, ni nada de eso: puro buen rollo y la mejor de las energías.

Eso no tiene precio.

El respeto por los demás parece ser la clave. Imagino que si hubiese respeto real y absoluto, la vida de todos sería diferente. No habría ni siquiera leyes ni policía, ni existirían los tribunales de justicia y los jueces. Aunque, claro, esa utopía no calza bien con la naturaleza humana, proclive al conflicto y a la agresión casi permanente. Es inevitable que le intentemos poner puertas al campo creando leyes que traten de acotar el ámbito de actuación de los seres humanos, como también es inevitable que esos mismos seres humanos se salten las leyes creadas para protegerles, muchas veces por el puro placer de romper con lo establecido y hacerse notar. De ahí que parezca casi un milagro que no haya ningún disturbio en la Marcha del Orgullo Gay.

He conocido a muchos homosexuales a lo largo de mi vida y debo decir que casi todos me cayeron muy bien y me resultaba un verdadero placer charlar y compartir una tarde o una noche con ellos. Su conversación es bastante más rica en matices que la de los heteros y se tocan temas mucho más variados. Además, a la hora de ir de fiesta, son muchísimo más divertidos, por su desinhibición y su ingenio, casi siempre afilado y mordaz.

Ahora que no hay ninguno en mi vida, debo decir que les echo de menos. Siempre me hacen reír muy sinceramente y uno se puede abrir con ellos porque suele encontrar un corazón y unos ojos intensos que saben escuchar y de los que se suele aprender con mucha facilidad. Hipocresía la justa.

Reconozco que hay muchas diferencias entre los homosexuales y los heterosexuales y no solo lo reconozco sino que me gusta que así sea. En este caso se trata de una discriminación positiva, basada en la experiencia de alguien que ha recorrido muchos kilómetros y ha visto muchas cosas, así que puedo afirmar que sí, que algo así necesito yo ahora en mi vida.

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