sobre rebaños, virgencitas, espadas y pecados

Él no era católico. Ni musulmán, ni budista, ni nada de nada. Por suerte o por desgracia, sus padres le habían educado con la firme convicción de que Dios (o como se le quiera llamar) existe solo en el corazón de las personas, pues es ahí donde anidan los sentimientos más puros. “Si todos nos guiamos por el corazón —le decían a menudo— este mundo sería bastante mejor”. No era una frase especialmente brillante, qué le vamos a hacer, ojalá los padres de nuestro amigo hubiesen sido capaces de frases mejores, pero era esta la que le repetían.

Así que vivía tranquilamente, dedicado a sus cosas, sin prestar la más mínima atención a la religión porque no la necesitaba. Y cuando veía gente rezando en la iglesia, él no lo entendía. Tampoco entendía a los que predicaban en las plazas, ni a los que vestían de naranja y caminaban en grupitos de cinco o seis personas, ni a los que llevaban un turbante o un velo. No entendía a Dios ni entendía las manifestaciones realizadas en su nombre. Ni lo entendía ni lo necesitaba. Sin más.

Pero ya sabemos que los religiosos siempre quieren más religiosos en sus filas, no se conforman con creer ellos y necesitan hacer creer a los demás, pero no en cualquier religión, sino en la suya propia que es la única que consideran válida y fiable (Curioso adjetivo este de la “fiabilidad” para referirse a las religiones, como si fuesen coches de fórmula uno). Así pues, un amigo católico le empezó a comer el coco con el bautismo y la subida a los cielos. Y tan insistente fue y tanto remarcó el hecho de que si morían ahora mismo uno iría al cielo y el otro no, que finalmente logró su propósito y consiguió otra oveja más para el rebaño.

Solo cuando se hubo consumado el bautizo y ya no había vuelta atrás, le confesaron la verdad a nuestro pobre amigo, esa verdad cruel y nefasta, esa espada de Damocles que siempre estará pendiendo de un hilo sobre su cabeza: ahora que estaba bautizado podría ir al cielo, sí, pero también al infierno.

Y eso no se lo habían dicho antes.

Sin bautismo no podía ir al cielo, es cierto, pero tampoco al infierno, así pues parece que estaba bastante mejor antes de ser católico, sobre todo teniendo en cuenta la enorme lista de cosas que son pecado y pueden, por tanto, romper el hilo de la espada y mandarle de un plumazo al infierno.

Justo antes de ponerse a llorar, recordó otra antigua frase de sus padres: “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”.

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