la cámara silenciosa

Algunos parques de la ciudad están cubiertos por una fina capa de nieve. El sol de medio día produce curiosas sombras que el fotógrafo agradece, aunque no es capaz de aprovecharlas del todo y se frustra, se llena de rabia y de furia y se rinde ante la evidencia: sus fotos están huecas. No tienen alma, carácter, personalidad (o deberíamos decir “fotonalidad”), carecen de impacto visual, están vacías, no llaman la atención, son sosas, simplonas, tristes, lentas, apagadas, mediocres, vulgares, anodinas, insípidas, mustias…

Parece que el fotógrafo tiene más habilidad con los adjetivos que con las imágenes y eso le frustra aún más. Mira su cámara con desdén, la inspecciona desde varios ángulos como queriendo encontrar en ella alguna respuesta, se sienta a su lado y le habla en voz alta, le confiesa sus dudas y sus miedos, le cuenta lo mal que se siente con ella y espera.

Espera una respuesta que no llega.

La cámara permanece ahí, silenciosa, orgullosa de sí misma, contemplando el mundo con la cabeza bien alta. El fotógrafo comprende entonces que nunca encontrará consuelo ni respuestas en ella y que el amor que él siente jamás será correspondido. Los objetos no aman, así de simple.

Al día siguiente las fotos fueron mejores que nunca. Poderosas, llenas de vida y de fuerza, con un toque de genialidad y de magia, completamente inusuales en él. Algo parecido a esto:

A partir de entonces, el fotógrafo dialoga todos los días con su cámara. Ha aprendido a escuchar su voz, esa voz invisible y codificada que todo ser es capaz de emitir siempre que exista alguien que sea capaz de escuchar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

NOTA: para entender el relato es necesario que el lector imagine por sí mismo estas tres últimas imágenes, que las vea como tres fotos increíbles, bellísimas y cargadas de impacto visual. Parece que a mí también se me dan mejor los adjetivos que las fotografías.

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4 thoughts on “la cámara silenciosa

  1. Has hecho una entrada preciosa y me ha gustado mucho el texto. Las fotos del primer día están llenas de vida, ese día no supiste apreciar su belleza no por ellas, sino porque tu no querías ver su valía. ¿Qué cambió en ti al día siguiente? Aderezas las imágenes con palabras como fuerza, genial, mágicas… y sin embargo, han perdido su encanto natural, su verdad.
    ¡Hasta pronto!

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